La vida es un palimpsesto de instantes: capas de momentos borrados y reescritos, donde lo efímero se encabalga sobre lo eterno. En este devenir, cada alma es un nautilo, construyendo su espiral interior con la meticulosidad de lo inadvertido.
A menudo, nos encontramos en un estado de zugzwang existencial, donde cada decisión —o su ausencia— arrastra consecuencias ineludibles. Y sin embargo, hay belleza en la perplejidad, en el hecho de no saber si somos brújulas o veletas.
Vivimos atrapados entre la ataraxia que anhelamos y la cacofonía del mundo que nos exige. Pero es justo en ese intersticio, en ese claroscuro entre el deseo y la renuncia, donde brota la serendipia —hallazgos fortuitos de sentido entre lo trivial y lo colosal.
La vida, al fin y al cabo, es una danza de epifanías y anacolutos, de descubrimientos que nos desordenan la gramática del alma. Y tal vez, sólo tal vez, vivir bien no sea otra cosa que aprender a conjugar nuestras contradicciones en tiempo presente.

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