Nunca había entendido del todo por qué me atraían esas pinceladas abstractas, esas manchas que parecían plumajes en medio del silencio. No eran bonitas en el sentido convencional. No buscaban representar nada. Eran gestos, impulsos, casi espasmos de color sobre un fondo sin expectativas.
Me quedaba frente a ellas como quien escucha un idioma que no domina, pero comprende con el cuerpo. Había algo primitivo en su forma de hablarme, como si se comunicaran desde antes del lenguaje, desde un lugar donde las palabras aún no se habían domesticado.
Una vez, alguien me dijo que aquellas obras eran “inconclusas”. Me pareció una palabra torpe. Porque lo que veía allí no era ausencia, sino exceso. Exceso de intuición, de libertad, de sentido que se negaba a ser traducido. Eran como cartas escritas con pluma rota: desordenadas, imprevisibles, pero cargadas de verdad.
En una de esas visitas al taller de la artista —una mujer callada, de manos siempre manchadas de azul ultramar—, me animé a preguntar qué significaban para ella esas formas. Me miró un segundo y respondió, sin solemnidad:
—Son palabras que todavía no han aprendido a hablar.
Desde entonces entendí que no eran solo manchas. Eran ideogramas del alma, alfabetos de lo oculto, vocablos de una emoción que no se deja atrapar. Mirarlas era asistir al nacimiento de algo: un lenguaje nuevo, sin gramática, sin dictado, sin permiso.
Y en ese caos —o quizás en esa exactitud sin nombre—, descubrí que había belleza. No una belleza pulida, previsible, sino una que vibra en la entraña de lo indócil. Como si esas pinceladas, al fin y al cabo, fueran plumas que escriben lo que no nos atrevemos a decir.
Nuria de E.

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