Inspirado en la película Asesinato en familia.
Diez meses después del suicidio del famoso exalcalde, una misteriosa y atractiva mujer, visita a Norman, prestigioso ex policía de la Brigada Criminal y ahora detective privado, para que inicie una investigación exhaustiva sobre el “Caso del concejal raptado”. La mujer está convencida de que ha sido su amante, quien la ha asesinado. Aunque su instinto le dice a Norman que la gente no sólo mata por amor o por dinero, irá descubriendo que hay más motivos, y la sospechosa principal es la mujer.
«Tócala de nuevo Sam».
Diez meses habían pasado desde aquel fatídico día en que el exalcalde decidió poner fin a su vida, y el eco de su acto aún pululaba por los callejones oscuros de la ciudad, como un mal presagio. Norman había dejado su vida en la Brigada Criminal hacía unos años, pero las sombras del pasado siempre encontraban la manera de arrastrarlo de vuelta. Ahora, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en las calles lluviosas desde su despacho, se preguntaba si alguna vez habría paz para almas como la suya.
La puerta crujió suavemente al abrirse, y una silueta esbelta y elegante se dibujó contra la luz del vestíbulo. Norman levantó la vista con lentitud. Ella entró como un susurro en la oscuridad, una mujer que parecía arrancada de una película en blanco y negro: misteriosa, seductora, con una elegancia casi sobrenatural. Vestía un traje oscuro que realzaba sus curvas, y sus ojos, grandes y enigmáticos, brillaban como joyas bajo la tenue luz de la lámpara.
—Señor Norman, necesito su ayuda —dijo con una voz cargada de intenciones ocultas.
Norman no apartó la mirada, manteniéndose impasible. Había visto a mujeres como ella: peligrosas, embriagadoras, cargadas de secretos que, en su mayoría, conducían a un final trágico.
—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó finalmente, colocando el vaso en el escritorio con un golpe seco.
—Es sobre el Caso del concejal raptado. Estoy convencida de que mi amante ha sido asesinado —respondió ella, avanzando unos pasos hacia él—. Y sé quién lo hizo.
Un peso le recorrió la espalda. El caso había sido noticia durante semanas. Un concejal, conocido por su intachable carrera y reputación, desaparecido en circunstancias misteriosas, sólo para ser hallado días después muerto en un río fuera de la ciudad. Las autoridades lo habían archivado como un secuestro seguido de asesinato, pero las pistas eran pocas, y el rastro se había enfriado demasiado pronto.
—¿Y qué le hace pensar que fue un asesinato y no... un simple caso de extorsión mal llevada? —dijo Norman, estudiando los gestos de la mujer.
Ella inclinó levemente la cabeza, dejando que una oscura sonrisa se dibujara en sus labios.
—Porque sé que fue ella, su esposa... y yo la vi hacerlo —su voz era casi un susurro cargado de veneno.
Norman se recostó en su silla, observando con cautela. No era la primera vez que escuchaba a alguien acusar a una pareja por un crimen como este, pero algo en la forma en que lo dijo lo inquietaba.
—¿Y por qué no se lo ha dicho a la policía?
—Porque no me creerían —respondió ella, con un brillo desafiante en la mirada—. Y sé que usted tiene una habilidad especial para descubrir lo que otros no pueden ver. Usted entiende... la oscuridad en las personas.
El detective permaneció en silencio por un momento, dejando que la tensión flotara en el aire. Su instinto le gritaba que había algo más, algo mucho más peligroso detrás de todo esto. No era sólo una historia de celos o ambición. Había algo profundamente podrido en las sombras de esta mujer.
—Dígame algo... —Norman entrecerró los ojos—. ¿Qué le hace pensar que yo aceptaría este caso?
Ella se inclinó sobre el escritorio, acercándose lo suficiente para que su perfume, intenso y embriagador, lo envolviera.
—Porque usted sabe, mejor que nadie, que la gente no mata sólo por amor o por dinero. Hay otros motivos, señor Norman, y creo que ya empieza a sospechar cuáles son —le susurró, sus ojos clavándose en los suyos—. Además... —añadió, enderezándose y suavizando su tono—... me gustaría que la tocara de nuevo, Sam.
El detective parpadeó, desconcertado, pero no tardó en comprender a qué se refería. Ella había estado jugando con él desde el principio, no sólo con las palabras, sino con los recuerdos. El viejo piano, ahora cubierto de polvo en una esquina de la habitación, había sido su refugio en tiempos más sencillos. El piano al que siempre recurría cuando necesitaba pensar, cuando las respuestas parecían demasiado esquivas.
Norman se levantó lentamente, sus pensamientos volviendo al caso, a la mujer que tenía delante y a las piezas del rompecabezas que se empezaban a amontonar en su mente. Algo en su historia no cuadraba, y sabía que aceptar este caso lo arrastraría de vuelta a las profundidades de las que había tratado de escapar.
—Está bien... investigaré el caso —dijo finalmente, sin apartar la mirada de los ojos de ella—. Pero no esperes respuestas fáciles. La verdad siempre es más oscura de lo que parece.
Ella sonrió, satisfecha, mientras se dirigía hacia la puerta.
—Gracias, señor Norman. Estoy segura de que descubrirá lo que los demás no han podido ver.
Cuando la puerta se cerró tras ella, el detective dejó escapar un suspiro pesado. El juego había comenzado, y algo le decía que la verdad no sería amable con ninguno de los involucrados. Mientras se acercaba al piano, dejó que sus dedos rozaran las teclas polvorientas y, con una leve sonrisa irónica, musitó para sí mismo:
—Tócala de nuevo, Sam...

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